Sergio Calleja: “El paternalismo en la medicina debe formar parte del pasado”

Entrevista con Sergio Calleja, Neurólogo, coordinador de la Unidad de Ictus del HUCA e investigador del ISPA.

Sergio Calleja es neurólogo en el HUCA y pertenece al grupo de Investigación clínico-básica en Neurología del ISPA. Acaba de publicar La última guerra del rey de Israel, un libro en el que analiza un único caso clínico desde diferentes puntos de vista. El ictus que afectó al primer ministro de Israel Ariel Sharon a finales de 2005 es el hilo con el que se teje una red de reflexiones que nos guía por aspectos médicos y éticos de su profesión.

Utilizando un lenguaje accesible Calleja nos acerca a la complejidad del diagnóstico y tratamiento de los accidentes cerebrovasculares, y a las muchas incertidumbres a las que se enfrenta con cada caso que llega a su consulta. El conocimiento científico de la enfermedad y sus causas han avanzado mucho en las últimas décadas, pero las decisiones a tomar siguen dependiendo en ocasiones de la intuición y experiencia previa del doctor y de factores externos que puedan condicionarle. El caso de Sharon lo ejemplifica al tener una dimensión mediática que condicionó el tratamiento y situó la labor de los facultativos en el centro de la opinión pública.

Muchos profesionales médicos se sentirán reflejados en las opiniones del autor, pero la obra interesará a todo tipo de público y puede ayudar a centrar la conversación sobre cuestiones no siempre valoradas, como el margen de error de los procedimientos médicos, el problema que puede suponer ser un paciente recomendado o la posibilidad de caer en el ensañamiento terapéutico en el esfuerzo por salvar una vida.

“El día 18 de diciembre de 2005 el primer ministro de Israel, Ariel Sharon, fue llevado al Hadassah Medical Centre de Jerusalén, tras sufrir un cuadro de inicio súbito de dificultades para hablar, y fue diagnosticado de un ictus isquémico de origen embólico”

La última guerra del Rey de Israel. Incertidumbre y probabilidad en medicina.
Sergio Calleja Puerta, Ed. KRK, 2023 (Asturias)

¿Cuál es el punto de partida para escribir un libro así? Tu primer libro, además…

Te diría que, más bien, se trata de dos cuestiones. Por un lado, hay un plano casi filosófico: lo que me impulsa a escribir este libro también motiva mi afán divulgativo a la hora de contar lo que hacemos. Durante muchos años esto fue para mí una suerte de narración oral, y ahora ha pasado a ser escritura. Siendo bastante joven escuché a Carl Sagan decir que vivimos en una sociedad en la cual todas las transformaciones que se dan y se darán en el futuro van impulsadas por los avances científicos. Y aquí hay una contradicción, porque siendo la ciencia el principal motor que propicia los cambios sociales tenemos una sociedad que no tiene acceso a este conocimiento. El propósito de su vida fue acercar la ciencia a los ciudadanos. Él creía que esa era la única manera de lograr una sociedad democrática.

 

¿Y en tu caso?

En mi caso, en un campo diferente pero no muy distante como es la medicina, ocurre un poco lo mismo. Inevitablemente todos vamos a tener la necesidad de servirnos de la medicina en algún momento. Si no conocemos los fundamentos de esta ciencia ni cómo se toman las decisiones y de qué manera nos afectan no vamos a poder tomar decisiones libres. El paternalismo en la medicina debe formar parte del pasado. Ya no puede existir eso de que el médico te diga lo que tienes que hacer y tú obedezcas dócilmente. Ahora, ante la necesidad de realizar un procedimiento diagnóstico o terapéutico que acarrea riesgos, tenemos unos consentimientos informados que debes firmar, y de esta manera se materializa tu libertad de elección. Sin embargo, si no añades una explicación detallada, si no conoces las implicaciones de estos consentimientos, no sirve de nada. Es una libertad ficticia. De ahí mi interés en “vulgarizar” de alguna manera el conocimiento médico.


¿Y la otra cuestión?

Sí. Por una parte, está esa motivación por divulgar, pero ¿por qué no lo había hecho hasta ahora? Me pongo a escribir porque en mi propia biografía llega un momento en que mi estabilidad mental está en un estado precario. Y esto es algo que ocurre de manera frecuente en nuestra profesión y en el mundo laboral contemporáneo en general. Esa precariedad se materializó en una situación de ansiedad que me resultaba muy difícil gestionar, y que se disparaba en el período vacacional. De modo que tenía un auténtico avispero en la cabeza, y así fue como encontré una manera de empezar a gestionar todo esto a través de la escritura: haciendo un uso benéfico de esa energía negativa.

Utilizas como hilo narrativo para tu libro la historia personal de Ariel Sharon, primer ministro de Israel que sufrió varios ictus mientras ostentaba su cargo. ¿Por qué él y no otro personaje?

Bueno, lo primero es que era una persona a la cual podía contemplar con distancia: no había sido paciente mío, tampoco lo conocíamos de nada y ya había fallecido. Además, la forma en la cual se abordó el problema fue tan polémica que todos los detalles de su caso se fueron desgranando en cientos de artículos que fui revisando para poder construir un relato coherente. Fue un caso muy mediático, no solo en el ámbito de la prensa sino también para el mundo académico, siendo muy comentado en las revistas de medicina. Incluso la revista médica de Israel llegó a publicar un monográfico que revisaba toda su historia.

 

¿Hubo en algún momento otro candidato?

Realmente no. De hecho, en ningún momento me planteé: “Vale, voy a escribir un libro un caso clínico”. Pero a medida que fue pasando el tiempo e iba escuchando la historia de Sharon, fue instalándose en mí la idea de que la gente miraba el caso con cierto afán de polémica. Y ahí está el tema: si cualquiera de nosotros mirásemos alguno de los casos que entrañan una mínima complejidad y a los que nos enfrentamos con bastante asiduidad veríamos que comparten los mismos detalles, incertidumbres y sesgos. Probabilidad e incertidumbre: para mí la historia de Sharon era un caso paradigmático y muy visible sobre algo que resulta bastante común en la práctica médica. Sin duda era un buen escenario para poder trasladar todo esto a la gente.

 

William Osler decía que “la medicina es la ciencia de la incertidumbre y el arte de la probabilidad”. En el libro comentas que esa frase queda muy bien cuando la dice un profesor en el aula, pero en la vida real no entraña sino una sensación de aleatoriedad y desasosiego para los pacientes. ¿A qué nos agarramos entonces cuando entramos en un quirófano o acudimos al hospital sin entender qué nos ocurre?

La sacralización de cualquier cosa acaba convirtiéndose en un culto más que en una relación sana. Por un lado, yo tengo que ser sincero en cuanto a las posibilidades que tiene mi paciente. Y cualquier otra forma de hacer las cosas, aunque pueda resultar más tranquilizadora, es falsa. Cuando voy al médico no quiero que me edulcore nada, quiero de me diga las cosas de una manera nítida. Los pacientes necesitan saber esto: ir con falsas expectativas solo produce frustración después. Las expectativas tienen que ajustarse a la realidad, aunque esta sea un poco dolorosa. Por otro lado, la persona no sólo tiene una esfera racional, y el mundo emocional debe ser tenido en cuenta en toda relación médico-paciente, añadiendo una segunda capa a esta realidad. En definitiva, creo que el encuentro entre el médico y el paciente debe girar en torno a dos ejes: la verdad y la compasión.

 

¿Nos ha ayudado la pandemia a ponernos más en el lado de los profesionales sanitarios?

Creo que no. De hecho, considero que en la pandemia se alimentó una conspiranoia por parte de ciertos segmentos acientíficos de la población que sigue ahí, y que cuestiona de manera acrítica cualquier pensamiento científico relacionado con la enfermedad. Esto genera sin duda una polarización muy peligrosa.

“Cuando voy al médico no quiero que me edulcore nada, quiero de me diga las cosas de una manera nítida. Los pacientes necesitan saber esto: ir con falsas expectativas solo produce frustración después”

Sergio Calleja.

La presencia del ictus en nuestras vidas ha ido aumentando cada vez más. Incluso ya no nos resulta raro ver a personas muy jóvenes, rozando la treintena, que sufren ictus. ¿A qué se debe esto?

No hay ninguna duda: en los segmentos poblacionales de los 40 hasta los 65 años la incidencia ha aumentado muchísimo. Pero ha sido algo progresivo, no brusco. ¿Las causas? Bueno, cada vez consideramos más el entorno sociocultural y económico como un acicate para las enfermedades y en particular para las que son de tipo vascular. Si nos fijamos en los cambios sociales que acontecen a lo largo del siglo XX vemos que los hábitos de ejercicio y alimentación de la población varían muchísimo con respecto a nuestra situación actual. Pasamos de tener trabajos físicos en el pasado a tener trabajos sedentarios hoy en día. Incluso nuestro ocio y el de nuestros hijos es cada vez más sedentario. También pasamos de tener una dieta básicamente vegetal a tener una dieta animal y de comida ultraprocesada. Y en los segmentos poblacionales más desfavorecidos esto es todavía más acusado. Además, hay otros factores que en el pasado no considerábamos relevantes y hoy sabemos que lo son, como la contaminación ambiental y el ritmo de vida tan estresante que llevamos. Todo ello, actuando sobre la población desde la infancia, acaba produciendo una aceleración de los daños vasculares que conduce a los infartos y los ictus juveniles.


 ¿Hacia dónde avanza nuestra particular lucha contra el ictus?

Depende. ¿Quieres que te diga lo que a mí me gustaría que ocurriese, o lo que creo que va a ocurrir?


Ambas.

Debemos tener en cuenta que la investigación básica más potente está impulsada por laboratorios farmacéuticos y lógicamente estos se centrarán en moléculas que acaben suponiendo un beneficio económico. Es lógico, son empresas. En ese sentido, creo que la investigación se dirige hacia la creación de nuevos fármacos neuroprotectores. A todos nos interesa esto, incluida la industria, de modo que esto es lo que creo que va a pasar. Ahora bien, ¿Qué sería, en mi opinión, lo más eficaz desde el punto de vista poblacional? La propia Sociedad Española de Neurología lo dice: si podemos llegar a controlar bien los factores de riesgo vascular conseguiríamos bajar en un 90 % la incidencia de ictus. ¿Cuál es la mejor manera de tratar? Prevenir. Siempre. ¿Y cómo prevenimos? Con cambios en el estilo de vida. Sin embargo, no podemos cambiar el estilo de vida si no cambiamos las condiciones de esta. Es casi una utopía, porque tendríamos que mudar todo nuestro tejido social. ¿Qué más podemos hacer, entonces? Pues minimizar los factores de riesgo clásicos: la hipertensión, la diabetes, el colesterol… ¿Tenemos herramientas para controlar estos aspectos? Sí. ¿Están funcionando? No. En este sentido, creo que la investigación debería centrarse en cómo aplicar los conocimientos que ya tenemos al tejido social con el fin de multiplicar su rendimiento.


¿Y cómo llegamos a la población?

Muy sencillo y, aparentemente, muy complejo: con una atención primaria que funcione bien, tanto en la implementación de una prevención adecuada como en la atención a las secuelas de la enfermedad. La Atención Primaria debería ser la joya de la corona del sistema sanitario, porque su papel es el más difícil pero también el más rentable. Actualmente lo más complicado no es enfrentarte al momento en que un paciente sufre un ictus: en esto hemos mejorado y mejoraremos. Lo complicado viene después, una vez salen del hospital. Todos los pacientes que sufren secuelas tras tener un ictus y tienen que recurrir a la rehabilitación durante el resto de sus vidas salen del sistema una vez hemos solucionado el problema inicial. Van a sufragar ellos su propia recuperación, introduciendo una inconveniente desigualdad en la ecuación: los pacientes con mayores recursos alcanzan mejores cotas de recuperación que los económicamente más desfavorecidos, porque el sistema actualmente sólo puede asumir esa rehabilitación en parte y durante un tiempo limitado.


Trabajar en un hospital, investigar, divulgar, y en el pasado enseñar a los futuros médicos. ¿De dónde sacas el tiempo?

La cuestión es esa: no saco “vida” para hacer todo esto. Fui profesor universitario durante ocho años y tuve que dejarlo: el grueso de mi vida es la asistencia a los pacientes. Llegó un momento de mi carrera en que noté que mi actividad como docente me estaba quitando un tiempo que no me podía permitir perder y tomé mi decisión. Si mirara dentro de mí seguramente vería que mi verdadera vocación era enseñar, pero mi compromiso más potente se encuentra en otra parte, junto a los pacientes.


Perteneces al grupo de Neurología del ISPA. ¿En qué líneas de trabajo os movéis actualmente?

Lo más potente que hacemos en nuestro servicio actualmente quizás sea el proyecto IMPULSO, que encabeza mi compañera Elena López-Cancio. De alguna manera me resulta muy cercano a la práctica clínica, porque intenta determinar de qué manera afecta el ictus a personas en edad laboral. Y lo hace tratando de ir más allá del punto de vista médico: mediante IMPULSO se quieren comprender otros parámetros que afectan a la vida de los pacientes, como los aspectos psicosociales y familiares. Además, investigamos la posibilidad de aplicar una herramienta informática con el fin de apoyar a los pacientes que han sufrido la enfermedad, sobre todo durante el primer año: resolver las dudas que puedan tener y acompañarlos es vital para su proceso.

“Si mirara dentro de mí seguramente vería que mi verdadera vocación era enseñar, pero mi compromiso más potente se encuentra en otra parte, junto a los pacientes”

Sergio Calleja.

¿Alguna idea ya para un posible libro en el futuro?

Me gustaría hacerlo, pero en esta ocasión no utilizaría ningún personaje como guía, sino que hablaría sobre el ictus de una manera más general. Quiero centrarme en la importancia de la prevención. Muchas veces, cuando un médico nos dice que tenemos que dejar de fumar, no estamos entendiendo el verdadero trasfondo de la cuestión. Como médicos no podemos olvidar que si hay falta de comprensión en la sociedad es porque ha habido falta de explicación por parte nuestra. De modo que sí, si escribiese otro libro seguramente iría centrado en explicar los diferentes factores de riesgo a la hora de sufrir un ictus, qué significa cada uno y de qué manera los podemos controlar. Necesitamos que la gente entienda la verdadera importancia de la prevención, pero para ello tenemos que explicarlo.

“Necesitamos que la gente entienda la verdadera importancia de la prevención, pero para ello tenemos que explicarlo”.

Sergio Calleja

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